20.11.05
OPINIÓN: Debate sobre el Estado de las Autonomías
Una fábula de nuestro tiempo
Editor Bufón
Érase una vez un hombre que vivió muchos, muchos años, más años que Matusalén. Durante este largo tiempo cometió buenas y malas acciones, pero en sus últimos cuarenta años se había comportado especialmente mal y la conciencia le atormentaba. En cuanto se vio en la oportunidad de rehacer su vida, lo primero que deseó corregir fue su mal labor como padre. Llegó a tener cientos de hijos repartidos por todo el mundo y hoy no le quedaba ninguno: unos fueron adoptados por otros padres, algunos se independizaron y unos cuantos vivían atemorizados en la casa paterna. Se propuso reunir a los que le quedaban para salvar su alma y darles todo lo que siempre les había negado. Tras unos años de negociaciones, de hablar con ellos y demostrarles que realmente era un hombre nuevo, acudieron diecisiete hijos y dos ahijados a la llamada del patriarca.
El hombre fue extraordinariamente generoso con ellos: les ofreció vivir en la hacienda paterna con una gran asignación anual y con una gran independencia para que tomaran sus propias decisiones. Dispuso una casa para cada uno, con su propia puerta a la calle, su buzón y su bandera. Les pedía consejo para cada decisión que él mismo tomaba, les informaba del buen curso de la hacienda familiar y satisfacía todos sus caprichos.
Cada hijo tuvo su propio terreno en la hacienda familiar y lo cultivó con las semillas que quiso. Pero algunos plantaron la simiente del odio y la mentira, comenzando lentamente a recoger los frutos del descontento y la avaricia. Atosigaban a su padre con más y más peticiones, crecientemente egoístas e insolidarias. Trataban de distinguirse de sus hermanos, de adelantarse en la herencia familiar, de conseguir mayores beneficios mediante el chantaje y el victimismo. Recordaban al padre los cuarenta años de olvido y represión, así que éste callaba y accedía a sus exigencias sintiéndose culpable. El resto de hermanos iban aprendiendo de ellos y entendían que sólo removiendo el cenagal de recuerdos amargos de su padre obtendrían de él más prebendas.
Pero algunos hijos sobrepasaron los límites y diciéndose deseosos de abandonar el yugo paterno, intentaron controlar del todo la hacienda y alentaron el enfrentamiento entre hermanos, el rencor y la codicia. Llegado un momento, ni ellos mismos sabían si buscaban la independencia o quedarse al mando de la casa, tan sólo les alentaban el ansia de riqueza desmedida y la supervivencia en medio del clima crispado y tormentoso. Debo admitir que no conozco el final de la historia.
Tal vez el padre siguió viendo en el espejo al monstruo que pintaban sus hijos y fue incapaz de negarles nunca nada. En tal caso acabó desvariando en su cama, preso de la fiebre y la locura, mientras sus hijos se acuchillaban al pie del lecho disputando las migajas de la hacienda en ruinas.
Pero creo que el padre era un hombre extraordinario y supo rectificar a tiempo sus errores. Supo hallar un punto medio entre la dureza de su vida pasada y la condescendencia de su vejez. Sin perder las formas, fue capaz de poner orden en las riñas y obligó a que los hermanos se reconciliaran. Impuso su autoridad y estableció unas normas de convivencia que deberían acatar para seguir habitando la hacienda familiar. Sus hijos aceptaron cumplir esas reglas para seguir disfrutando de la protección paterna y las pasiones desbordadas volvieron lentamente a su cauce. Por primera vez en su historia, el hombre fue feliz y así vivió para siempre.
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