6.12.05

EDITORIAL: Día de la Constitución


LAS NECESIDADES CREADAS

El día de la Constitución, aparte de para homenajear a la Carta Magna, ha servido para contrastar con más claridad que nunca las dos formas principales de entender España. En la recepción celebrada en el Congreso de los Diputados, tanto Zapatero como Rajoy resumieron muy bien su modo de entender esta festividad y el debate identitario que azota el país en el último año.

Zapatero dijo textualmente que la Constitución "es llave, no candado" y descalificó las posiciones de inmovilismo que, según él, revelan el radicalismo de quienes las defienden. Destacó las virtudes del diálogo y el consenso representados por la Constitución, cuyo valor principal es "el entendimiento y el respeto entre todos". Asimismo, explicó que en el momento actual la Constitución era "un punto de encuentro" a partir del cual desarrollar soluciones a los nuevos problemas de la época actual. El presidente insistió especialmente en el carácter de tiempo de reformas y cambio que tiene para él este mandato, aludiendo con claridad a los nuevos Estatutos de Autonomía.

Rajoy criticó la política antiterrorista del Gobierno, que según dijo había cambiado la anterior, que se había revelado efectiva, "sin razón aparente". Sobre todo insistió en la brecha entre la clase política y la ciudadanía, que prefiere trabajar en "mejorar la productividad del país", prioridad en estos momentos según el líder del PP. Para el político gallego, no tiene sentido "discutir quiénes somos cómo si España se hubiese inventado hace media hora".

Las palabras del Presidente del Gobierno serían apropiadas si las "nuevas necesidades" a las que apela fueran reales y no simuladas para su propio beneficio. Ningún ciudadano se levanta en ningún rincón de España aplastado bajo el peso del centralismo represor, ningún vasco o catalán deja de vivir en libertad a no ser que esté amenazado por el terrorismo y por aquéllos que encubren a los violentos. El viejo truco del victimismo nacionalista parece haber enloquecido a la clase política con unas necesidades creadas para la supervivencia en los cargos públicos de unos cuantos partidos marginales que basan su discurso en la provocación y la reivindicación permanente e insaciable. El tiempo de reformas sólo existe en el microclima de La Moncloa y en la mente calenturienta de los que pretenden devolvernos a épocas de penuria y aislamiento.

Como bien dijo Rajoy, España no se ha inventado hace un rato. Es un instrumento para garantizar nuestras libertades y ahora la preocupación de sus ciudadanos debería estar muy lejos de ser un debate territorial o institucional. Necesitamos lo contrario, estabilidad para afrontar nuevos retos: culminar el progreso económico, aprobar la asignatura pendiente de la productividad, liderar la renovación en la UE y recobrar el prestigio internacional. Y eso no se consigue con el delirio desintegrador que persiguen los socios del Gobierno con el beneplácito del Presidente.

Negociar y consensuar es ceder sin renunciar a nuestros principios. El consenso como objetivo es la empresa de los inmorales que están en política como modo de vida y no como servicio a unos ideales. Comparar el consenso constitucional con la situación actual es una falacia que el Gobierno va a intentar explotar en los próximos meses. En aquellas lejanas fechas, España era la principal preocupación de la clase política y sólo gracias a eso pudieron todos ceder para alcanzar un acuerdo sin traicionar sus prioridades éticas y políticas. Hoy en día, el principio de la mayoría de partidos son sus feudos electorales o la conveniencia eventual. España no es la prioridad de los nacionalistas, la autodenominada izquierda en general ni la extrema derecha en particular. Sólo algunos socialistas y muchos populares tienen claras las necesidades de la moderna sociedad española, siendo nuestra esperanza que sepan colocar la moral y el servicio público por encima del consenso demagógico. La tergiversación torticera que realiza el presidente de los términos de la negociación y el acuerdo sólo busca presentar a la opinión pública un PP inmovilista, anclado en el pasado y reacio a cualquier reforma. Y si existe cualquier movimiento tibio de los populares lo aprovechará para erigirse en integrador de la derecha en su proyecto personal de desmantelamiento del Estado.

El debate ideológico no se ubica en la confrontación entre España y sus autonomías, entre una idea centralista y otra federal. El discurso de Rajoy, breve pero conciso, ha puesto el dedo en la llaga: el abismo insondable que se abre entre las urgencias endémicas del país y las nuevas fisuras territoriales rescatadas del baúl del trastero que es nuestra historia más cainita. El peligro es que la sociedad entera, de izquierda a derecha, se ve arrastrada por un debate tan artificioso como vacío, que terminará por esconder las realidades nacionales y conducirnos a una reinvención de España que puede arrancarnos lo conseguido desde el 78. Por desgracia, no hay solución posible con Zapatero, padre y prisionero de unas necesidades creadas por su avaricia política y que deben engullirle en las urnas por el bien de su propio país.

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