22.6.06

PERFIL: Maragall, una retirada obligada


El último socialista, el primer nacionalista

Pascual Maragall, barcelonés de cuna burguesa, nació el 13 de enero de 1940. Su padre ya fue senador y la vocación política le llevaría a al Alcaldía de Barcelona y, más tarde, a la Generalidad de Cataluña.

En 1965 entró como funcionario en el Ayuntamiento de Barcelona y, en 1977, fue nombrado teniente de alcalde. En 1982 venció en las elecciones municipales como cabeza de cartel del PSC y ocuparía el cargo hasta 1997. Durante estos quince años queda en su haber la impresionante transformación de la ciudad, brillante organizadora de los Juegos Olímpicos de 1992.

En 1999 encabezó las listas del PSC a la Generalidad pero, a pesar de ser el candidato más votado, Jordi Pujol gobernaría su sexta y última legislatura con el apoyo del PP-C. La oposición de Maragall se fundamentó sobre las reivindicaciones soberanistas de un nuevo Estatuto y el acercamiento a Esquerra Republicana. Tras la retirada de Pujol y con Artur Mas como rival, Maragall perdió las elecciones de 2003 pero el espectacular crecimiento de ERC le aupó a la presidencia junto a Iniciativa por Cataluña (IC).
Dejando de lado el debate estatutario, el gobierno de Maragall ha sido bronco y poco efectivo. Comenzó acusando a CiU de cobrar comisiones del 3% en la adjudicación de obras públicas, afirmación que tuvo que retirar cuando la polémica tomó el camino de los tribunales. Esta discusión surgió con motivo del derrumbamiento de unas obras del Metro en el Barrio del Carmelo, desastre que dio lugar a un fuerte descontento ciudadano ante la inactividad de la Generalidad. La creación del Consejo Audiovisual de Cataluña (CAC) le ha granjeado fuertes críticas, al ser un organismo que puede coartar la libertad de expresión de los medios. Las continuas crisis de gobierno ante lo inestable de la coalición llevaron a forzar la salida de Carod Rovira tras su reunión con ETA en Perpignan y a dos remodelaciones más, que terminaron con la destitución de los consejeros de ERC al aprobarse el Estatuto en el Congreso y a la inminente convocatoria de elecciones para otoño.

Tras perder el PP las elecciones generales de 2004, el camino del Estatuto quedó libre y fue aprobado en el Parlamento de Cataluña con el apoyo de todos los grupos parlamentarios excepto el PP-C. Las dificultades en el Congreso de los Diputados se resolvieron con el pacto de Mas y Zapatero, que reformaba el texto inicial y dejaba a Maragall sin la iniciativa política. A pesar del giro de los acontecimientos, el presidente autonómico siguió encabezando la campaña del "Sí" en el referéndum. La ratificación del Estatuto el pasado domingo salva sólo en parte su mandato, pues la baja participación y la inoperancia de su gobierno le dejan en mal lugar como presidente.
Su partido le obliga a renunciar y parece la última paletada de tierra a una carrera política crepuscular. La recta final de su pensamiento, inclinada ínsolitamente hacia el nacionalismo y abandonando totalmente las raíces del PSC, hacen difícil clasificarle como un oportunista o un converso tardío. En todo caso ha sido un eslabón más, ya inservible, en la imparable estrategia de acercamiento del PSOE a los nacionalismos periféricos.

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