30.7.06
EDITORIAL: El matrimonio homosexual y el PP
Torpeza infinita
Cuando se aprobó la Ley sobre el Matrimonio Homosexual, se convirtió rápidamente en motivo de debate porque fue creada únicamente para eso. Para atacar a los católicos que veían innecesaria la denominación de 'matrimonio', a los constitucionalistas que advertían del erróneo uso del vocabulario legal y, por último, a los verdaderamente homófobos. A todos se los iba a meter en el mismo saco de intransigentes y retrógrados, por mucho que se aludiese a la importancia de una ley que decía esperar 100.000 matrimonios en el periodo en el que apenas se han oficiado 5.000.
Aunque en la maldad del que tiende las trampas y crea las polémicas no se puede fundamentar una defensa de la torpeza e ignorancia infinitas del Partido Popular. De nuevo el alcalde de Madrid, Ruiz Gallardón, se ha mostrado el más inteligente en un gesto demagógico que ha sacado a relucir las vergüenzas de su partido. Su decisión de oficiar el matrimonio de un militante del PP le ha granjeado duras críticas por no declararse en rebeldía ante la ley. ¿Cómo se puede esperar seriedad en el Gobierno de la nación de quiénes se niegan a aplicar una ley que no quebranta libertades públicas? ¿Qué clase de imagen pretende proyectar ante la ciudadanía?
Existen rencillas entre el 'núcleo duro' del Partido Popular y Alberto Ruiz Gallardón que están en el verdadero origen de la polémica, pero ello no justifica el tono rancio de las críticas de Elorriaga o Jorge Fernández, que elevan aún más la imagen de Gallardón y dan votos al Partido Socialista. Un partido político no puede ser una 'secta' que obligue a sus miembros a infringir sus obligaciones como cargos públicos y el PP está demostrando esto y mucho más: está fuera de juego. Ser incapaz de restar votos a un Gobierno tan nefasto como el de Zapatero es resultado de mantener a Acebes o Zaplana como 'caras públicas' del partido y defender posiciones cada vez más radicales y equívocas.
La Ley sobre la Memoria Histórica es otra perversa idea de Zapatero, innecesaria y basada en esa costumbre socialista de borrar y reescribir la historia a su antojo, pero que nace con la intención principal de hundir un poco más la imagen de los populares. La posición correcta es negarse a aprobar un texto que reabre viejas heridas y que no echa abajo la Alhambra de Granada del invasor musulmán, ni los templos que construyó la Iglesia de la Inquisición ni abole la monarquía borbónica que nos ha traído a infames como Fernando VII. No se puede seleccionar un pasaje de la historia y amputarlo de las calles y memorias cuando somos hijos de él y es parte de lo que somos y seremos en el futuro. El debate de esta ley se convertirá en una pérdida de tiempo y energías, en un ejercicio estúpido de enfrentamiento entre españoles cuando hay mucho esfuerzo que hacer por el avance de nuestro país. Aunque hay muchas maneras de defender el NO y el Partido Popular no parece capaz de construir argumentos coherentes para defender una posición tan razonable. Está perdido, sin capitán y sin rumbo, regido por la torpeza infinita de los que salían por la tele el 12 de marzo.