22.7.06

EDITORIAL: Israel en el Líbano


La mala educación


El Líbano era un pequeño país que gracias al turismo o los negocios encaró los años 70 con un horizonte de prosperidad a corto plazo. Su frágil equilibrio político, que lleva a que la Constitución asigne a las distintas religiones los puestos de responsabilidad (presidencias del país, del gobierno y del parlamento para cristianos, suníes y chiíes respectivamente) acabó degenerando en una sangrienta guerra civil (1975-80). Los campamentos palestinos en su territorio dieron lugar al invasión del territorio por Israel en 1982 y a las terribles matanzas de los campos de refugiados de Chabra y Sitila. Tras los acuerdos de paz de 1989, Israel se retiró del territorio pero Siria continuó ocupándolo de manera más o menos clara hasta 2005, cuando fue asesinado el ex-primer ministro Rafic Hariri. La implicación de personalidades sirias llevó a la retirada definitiva de las tropas por la presión internacional.
El Líbano es, desde la guerra civil, una nación con un Estado muy débil que no ha sido capaz de frenar a las guerrillas de inspiración extranjera que operan en su interior. En la última década ha tomado muchísima fuerza Hizbulá, de credo chií, que controla casi totalmente el sur del Líbano y se enfrenta continuamente a Israel cerca de la frontera. Hizbulá ha conseguido un armamento ligero e incluso pesado (misiles de largo alcance o carros blindados) gracias al apoyo logístico y económico de Irán y Siria. Las continuas incursiones de los israelíes en territorio libanés para castigar a Hizbulá han sido una tónica que demostraba una tensión constante que podía degenerar en cualquier momento en la violenta situación que vivimos.
La comunidad internacional ha vuelto a mostrarse impotente para forzar un final negociado a la crisis, pues ya ha sido incapaz de cortar la financiación de Hizbulá o de obligar a Siria a terminar su insoportable injerencia en el Líbano. El detonante ha sido el secuestro de dos soldados hebreos por parte de la guerrilla, lo que ha motivado una reacción totalmente desproporcionada de Israel que, lejos de resolver el problema del terrorismo a gran escala de Hizbulá, castiga a la sufrida población libanesa. Todos los discursos oficiales se han encaminado a esa condena del terror de los fanáticos religiosos de Hizbulá y sus financiadores (Siria e Irán) así como hacia una llamada a la calma de Israel para que detenga su poderosa maquinaria militar que amenaza con asolar a su maltrecho vecino del norte.
Sin embargo, el Gobierno de España ha protagonizado la cara más vergonzosa de la crisis. Su tibia condena hacia Hizbulá pero la enérgica protesta por la acción israelí nos lleva a una posición desastrosa por dos motivos: en lo pragmático, nos enfrenta a nuestros aliados anglosajones o israelíes una vez más y, en lo moral, nos lleva a la peligrosa condescendencia con el terrorismo yihadista que tanto cultiva el socialismo español. No se puede enviar un mensaje tan mesurado cuando una democracia se excede en respuesta a un totalitarismo atroz como el de Hizbulá, "el partido de Dios", una milicia que desestabiliza Oriente Medio desde su credo de exterminio del sionismo, el cristianismo y toda forma de gobierno civilizado.
Si Moratinos tuvo que contestar con dureza a las acusaciones de "antisemitismo", fundadas en sus acciones marcadamente pro-árabes desde que ocupa el cargo, Zapatero terminó de completar el desaguisado con su intervención el Alicante en un mitin de las Juventudes Socialistas. Volvió a cargar contra el ejecutivo de Ehud Olmert y posó ante los medios con la kufiya palestina (pañuelo de cuadros blancos y negros) que popularizó el fallecido Yasser Arafat. El presidente del Gobierno de España no puede permitirse estos resbalones en público, no se puede descolgar mezclando la Guerra de Irak con el Líbano como hizo al comienzo de la crisis ni debe permitir a su ministro de Exteriores dar espectáculos bochornosos ante diplomáticos hebreos. Suponemos que Zapatero tiene asesores internacionales y que alguien en su círculo de colaboradores será consciente de la imagen tercermundista y abyectamente antisemita que proyecta su ejecutivo. Es difícil achacar a la torpeza una política internacional irrelevante, desorientada y antisistema basada en los principios de una izquierda rancia que desapareció hace décadas y que ni sirve a los intereses de España ni al triunfo de la moral y la verdad en el mundo.

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