9.8.06
EDITORIAL: Día para el recuerdo

Para no olvidar
Grabad a sangre y fuego un día en vuestra memoria: 9 de agosto de 2006. España retrocedió a las tinieblas del medievo, instauró nuevas fronteras dentro de las suyas y se cerró un poco más al exterior. Desde hoy nos miraremos un poco más al ombligo, cada Comunidad se volverá hacia Cataluña y pedirá un autogobierno total que ya sabemos perfectamente donde nos dirige.
La descentralización mal entendida es corrupción de Comunidades y Ayuntamientos, consiste en acercar la llave del dinero a cada región y municipio y en crear una burocracia sobredimensionada. 17 sistemas de salud, 17 sistemas educativos, 17 caos gratuitos justificados en hechos diferenciales tan ciertos como que cada ser humano es diferente. En lugar de unir desunir, en vez de aunar esfuerzos levantamos barreras entre vecinos. Superada la exaltación fascista de la Patria, nos vemos en la obligación de defender una España unida en nombre del sentido común y de los años en que hemos crecido juntos ganando progreso y prosperidad. España es un destino común, una nave en que nos hemos embarcado y que queremos abandonar apresuradamente cuando los vientos son favorables y el barco no naufraga todavía. El Estatuto de Cataluña ha abierto la primera vía de agua y los catalanes se encaminan a los botes. Es sólo el comienzo del fin.
La izquierda se ha puesto el traje del odio cerril de los pueblos, de los nacionalismos incultos y tribales para luchar por las migajas de poder de las infinitas Administraciones locales que sobrevivirán tras la dilución del Estado. La derecha sigue con las vestimentas reaccionarias, acomplejada por su pasado e inmersa en sus enfrentamientos internos, inactiva e incapaz de ocupar el espacio de la razón que aparece incomprensiblemente vacío.
Un día cada vez más cercano seremos la única Babel moderna, donde cada uno hablará el dialecto de su valle y nada más: dejaremos de entendernos. Y, todavía peor, las competencias y fronteras serán tan difusas que ya no habrá forma de dirigir medianamente este desgraciado país. En el siglo XVI el secretario personal de Felipe II, Antonio Pérez, escapó a Zaragoza con unos documentos comprometedores para el rey y se acogió a la autoridad del Justicia de Aragón, Juan de Lanuza. Felipe II, tras ordenar detenerle, tuvo que aceptar que no tenía autoridad para hacerlo a 200 km de la capital imperial. El monarca más poderoso de la Historia del Mundo, aquél en cuyos dominios nunca se ponía el sol, no era nadie ante los fueros siendo Rey de Aragón. Ahora que España es una pequeña potencia en el siglo XXI, apañados estamos.